Cada ser humano se percibe a sí mismo como único, pero también encuentra semejanzas con sus pares, y a veces las crea, como cuando decide formar parte de un equipo de béisbol, un club o una cofradía. Incluso, cuando nota alguna discriminación, el dominicano protesta para exigir la uniformidad con esta frase: “O tóo toro, o tóo vaca”…

“Pero cuando de responsabilidades se trata” dice el doctor Australio Pithecus, “es más fácil endilgárselas al otro. Así se escucha ¿Por qué tengo yo que hacer esto? Que lo haga otro, y ese señor ‘otro’, que no tiene rostro ni forma, se convierte en una presencia fantasmal, nombrada en todos los ámbitos: ‘Oye lo que dice el otro’, cuando no estamos de acuerdo con algo que ese ‘otro’ ha dicho y aunque sepamos quién es, lo condenamos a una ‘otredad’ que lo invisibiliza”, dice el doctor Australio Pithecus.

El consejero matrimonial ruso Divor Ciosnunka señala que uno de los principales problemas con el “otro” es cuando aparece en medio de una relación y, generalmente la rompe, el resultado se resume en pocas palabras, afirma: “Ella se fue con el otro”.

“A ese personaje fantasmagórico, que nunca se identifica con nombre y apellido, se le atribuyen también otras características, casi nunca positivas”, afirma la investigadora Anacleta Borda Lessa. “Cuando se lo nombra, a veces de casualidad, surge la frase: ‘Ese es otro que también…’ y a continuación se enumera todo lo malo que hace, incluso cuando se utiliza la frase ‘otro que bien baila’, no se alaba su forma de bailar, sino todo lo que tiene de malo ese otro”, concluye la investigadora.

El otro, los otros, que también pueden ser la otra o las otras, aparecen todo el tiempo y en las situaciones más inverosímiles: “Otro no te hubiera aguantado todo lo que te aguanté”, le dice el exmarido a su exesposa antes de entrar a la audiencia de separación. “Otra te exigiría que te bañes más seguido”, le retruca ella con muy mala leche. “Otro te habría cobrado más barato, pero no te hubiera hecho un trabajo tan bueno”, es la excusa de cualquier técnico ante el precio de sus servicios.

“El gran problema de la existencia humana es que no se puede vivir sin el otro, sin los otros” sentencia el doctor Australio Pithecus.

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