Al reflexionar hoy sobre los temas de seguridad del Caribe la discusión vira hacia la criminalidad. Sin obviar los preocupantes temas fronterizos o la presencia cada vez mayor de Rusia o China, todos los analistas coinciden que la amenaza principal son las elevadas tasas de homicidios existentes. De hecho, la cuenca del Caribe alberga alguna de las ciudades más violentas del mundo, como Cancún, San Pedro Sula o Caracas. Ahora bien, el consenso sobre este problema se interpreta desde distintas perspectivas. La primera sostiene que todos enfrentan un problema de inseguridad ciudadana y crimen urbano ejecutados por individuos y pequeñas bandas delincuenciales. La segunda, que las formas del crimen organizado tradicionales que asolan la región están asociadas al narcotráfico, factor que alimenta la corrupción, la violencia y erosiona la institucionalidad.

Desde México hasta Venezuela y todas las islas caribeñas padecen una criminalidad que difiere de la antigua delincuencia organizada tanto en sus dimensiones como en su naturaleza. En cuanto a la capacidad operativa y alcance global de las bandas criminales no tiene precedentes, como ejemplo el alcance de las Maras en Centroamérica o del clan del golfo en Urabá, por no mencionar al cartel de Jalisco Nueva Generación, que actúa incluso en África y Asia. Estas trasnacionales del crimen poseen flotas de aviones, embarcaciones sumergibles, construyen obras de ingenierías y manejan complejos sistemas de comunicación que son una amenaza severa para nuestros débiles estados.

Si bien las bandas colombianas producen y las mexicanas controlan la distribución de narcóticos, la logística afecta a todo el Caribe constituyéndose un clúster en donde cada isla y cada región del litoral continental forman parte de un articulado comercio ilícito. La mayor banda criminal de República Dominicana son los Trinitarios, creada por reclusos dominicanos en Estados Unidos en los años 80 creció hasta convertirse en una estructura criminal con más de 30.000 hombres vinculados. Se caracterizan por su internacionalización y su violento proceder. Se extendieron por la costa este y sur de los EE. UU. para posteriormente saltar a Europa. Robos, extorsiones, secuestros y venta de drogas al por menor fue su origen. Tienen sólida presencia en EEUU, España e Italia y son grandes distribuidores de narcóticos algo que facilita la posición geográfica de República Dominicana perfecto lugar para el tránsito de cocaína.

Jamaica es otro Estado caribeño con bandas criminales con alto nivel de internacionalización. Las autoridades jamaicanas, en 2017, identificaron 257 estructuras activas de bandas conocidas como Posses. Surgieron en barrios marginales de Kingston con la extorsión y venta al por menor de drogas. Después negociaron con los partidos políticos tradicionales generando una corrupción que intercambiaba votos por contratos públicos. La más conocida fue el Shower Posse que armó una red de distribución y venta de narcóticos en Inglaterra, Canadá y Estados Unidos. Tras una intervención militar de los Estados Unidos hace una década el grupo quedó debilitado, pero siguió operando, ahora de forma más fragmentada y difícil de rastrear.

Existe también un serio problema en Trinidad y Tobago, aunque con diferencia respecto a otros lugares del Caribe, pues la lógica se define por diferencias étnico-religiosas entre bandas de origen musulmán Unruly isis y no musulmán los Rasta city. La primera intentó un golpe de Estado a finales del siglo pasado y tras su fracaso fue duramente atizada por las autoridades. Los otros grupos surgieron en distritos marginales alimentados por la pobreza y la exclusión económica. La venta de drogas y la extorsión fue el inicio, pero su grado de internacionalización comparado con los anteriores ejemplos fue menor, aunque con riesgo de crecer pues el deterioro del Estado venezolano genera un creciente tráficos de persona, narcóticos y armas que tiene como punto de partida Trinidad y Tobago previéndose una proyección internacional de sus redes criminales. No comentaremos sobre las bandas del litoral caribe de Venezuela y Colombia por su complejidad y transformación continua que las hace difícil someter al estar mimetizadas en las estructuras del Estado y el sistema financiero.

Como observamos estas estructuras delincuenciales operan desestabilizando profundamente a unos estados vulnerables y con capacidades limitadas para regular la vida económica y social de su ciudadanía. Además, la economía criminal se inserta en la informalidad al margen de las regulaciones estatales. La conexión informalidad y crimen organizado existe en todo el continente en proporciones mayores o menores. Por ejemplo, la economía informal colombiana supone más de 35 % del PIB total del país, pero esa misma lógica la vemos en Venezuela, Trinidad y Tobago, Jamaica e incluso México.

El panorama hace que un elevado porcentaje de población caribeña enfrente condiciones de orden público precarias y no existe un acceso pleno a la justicia, sin mencionar el acceso a viviendas, servicios básicos de energía, salud y educación. Las bandas criminales usan diferentes estrategias para competir con el estado y una economía independiente que va desde los narcóticos, la minería ilegal, el contrabando, la trata de personas y la extorsión. Ello les permite construir una base social que merma la presencia de los gobiernos al ser generadores de empleo y redistribuidores de recursos. Otro asunto que no podemos obviar es la enorme capacidad de compra que proporcionan sus ingentes recursos financieros. Por ende poseen mejores medios materiales que las propias fuerzas de seguridad y le proporciona mejor armamento y acceso a capacitación para su uso.

Por ello la clasificación de crimen organizado sin matices puede ser equívoca como sostiene el investigador Ortiz Marina, quien desarrolla este tema con profundidad, en el sentido en que reduce el desafío a un plano estrictamente delictivo. Pero el reto presentado por esta criminalidad tiene una dimensión política que debe ser tenida en cuenta y no es que exista un sentido ideológico en el actuar del clan del golfo o el cartel de Jalisco, si no que sus actividades económicas tienen un claro efecto político en la medida que debilitan el control del estado sobre sus territorios y sociedades. En conclusión, el desafío que enfrentan los países de la cuenca caribeña no es solamente la seguridad de sus ciudadanos sino la estabilidad de sus instituciones. Por ello considerar a estas bandas como un asunto criminal es desestimar la gravedad del peligro que enfrentan los gobiernos. Y desde luego, todo empieza por reconocer la derrota de la guerra contra la droga que se libra desde hace más de 50 años.
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Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World”. This project has received funding from the European Union´s Horizon2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846. Dirigido por Consuelo Naranjo Orovio desde el Instituto de Historia-CSIC.

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