Dos vidas

Con apenas una semana de diferencia, perdí a dos seres humanos a quienes les tenía un aprecio especial. Estoy seguro de que no se conocieron ya que sus profesiones e intereses eran totalmente diferentes.

Con apenas una semana de diferencia, perdí a dos seres humanos a quienes les tenía un aprecio especial. Estoy seguro de que no se conocieron ya que sus profesiones e intereses eran totalmente diferentes.Luis Rafael Robles era de carácter afable y, tal y como lo describe una de sus hijas, servicial y totalmente desinteresado. Tenía una relación cercana y ejemplar con su hermano Fernando. Era piloto de profesión y amante de la velocidad.

Por otra parte, doña Vicenta Lamourtte de Peignand fue una extraordinaria e incansable mujer que dedicó su vida al servicio a los demás, con genuino entusiasmo y entrega. Por más de 50 años formó parte del personal de la Asociación Dominicana de Rehabilitación.

Estas dos vidas convergen en un punto: Luis se dedicó de manera única al cuidado de su hija con necesidades especiales; y, doña Vicenta a las personas con algún tipo de discapacidad. Hago aquí un paréntesis para manifestar que siempre he tenido un concepto diferente de la palabra discapacitado. No son sólo discapacitados aquellas personas con alguna condición física o intelectual, lo son igualmente, o tal vez más, aquellos que conscientemente faltan a los mandamientos, los que insultan, los que levantan falsos testimonios, los que roban, los que no aman ni toman en cuenta al prójimo, los que cometen adulterio, los que abusan de menores, los que golpean a sus parejas, los que con su mal ejemplo descarrilan a sus hijos, los que no trabajan y esperan que se lo resuelvan todo. Estos simplemente no tienen la capacidad de llevar una vida digna, justa y productiva.

En su último adiós, cada uno de mis amigos recibió muestras de afecto verdadero, ya que sus vidas, lejos de dañar a nadie, tocaron a muchos para bien.

Para consolar a la niña especial de Luis, quien, como es de esperar, está muy entristecida por la pérdida de su padre adorado, se le explicó que Dios lo había llamado porque necesitaba en el cielo al mejor de los pilotos y que su papá había aceptado ir donde Él. Algo similar debe haber ocurrido con Vicenta, Dios debe haberla llamado porque necesitaba a alguien excepcional para que estuviera a su servicio allá arriba.

Vicenta fue muy cercana a mi madre. Juntas recorrieron el país, tocaron muchas puertas en oficinas públicas y privadas para conseguir los recursos para llevar la Asociación de Rehabilitación a lo que es hoy. Era difícil no encontrarlas juntas en actividades de diversa índole.

Vicenta derramó amor por dondequiera que fue, fue una munícipe y ciudadana responsable, en su momento participó en política como militante del desaparecido Partido Revolucionario Social Cristiano. Durante las exequias fúnebres se me acercó una madre orgullosa acompañada por su hijo en sillas de ruedas, quien es campeón de pesas, de igual manera una joven del Club de Atletismo con sus fuerte hombros me ofreció un abrazo emocionado y me testimonió la bendición que había sido Vicenta en su vida. Un señor muy conmovido se dirigió a los presentes para expresarles el amor y el afecto que de ella había recibido siempre.

El Director Ejecutivo de la Asociación, Arturo Pérez Gaviño leyó el panegírico en uno de los salones de la institución, al cual fueron llevados sus restos. La definió como una dama de finas maneras y dulce voz, una guerrera que compartió la lucha de las personas con necesidades especiales, se interesaba y daba seguimiento a la recuperación de aquellos que habían sufrido algún trauma o lesión. Destacó que fue la fundadora del club de sillas de ruedas, presidenta de Olimpiadas Especiales y quien creó el Maratón de la Solidaridad que se celebra cada año desde hace más de 10 años.

Por su parte, el presidente Medina con motivo de su fallecimiento se refirió a ella como “una destacada servidora por la causa de rehabilitación”. La última vez que conversé con ella me dijo, muy preocupada, que para el crecimiento de los servicios, “ya yo no puedo ir de oficina en oficina como lo hacía antes, dile al Presidente que no se olvide de Rehabilitación”. Estoy seguro de que no lo hará.
Estos dos amigos queridos pueden decir como San Pablo en la segunda carta a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”.

Hasta siempre, Vicenta y hasta siempre, Luis.

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