En los diferentes capítulos de nuestra historia sobresale el rol destacado de la mujer dominicana, como referente de valentía, lealtad y firmeza en la defensa de sus convicciones, aunque esto implicara sacrificios personales y familiares. Si bien muchas de ellas han sido reconocidas por sus proezas y aportes, otras prácticamente han sido olvidadas.

A propósito de la conmemoración del 181 aniversario de la Guerra de Independencia Dominicana, considero oportuno rescatar el valor histórico de aquellas dominicanas olvidadas por quienes se han dedicado a investigar y plasmar todo lo acontecido previo, durante y después de la gesta independentista.

En ese tenor, sobresale Josefa Antonia Pérez de la Paz (Chepita), madre de Juan Isidro Pérez, fiel discípulo de Juan Pablo Duarte y sus planes independentistas, a quien prestó su vivienda localizada frente a la iglesia del Carmen en la Zona Colonial, para que fuera el lugar de encuentro y fundación de la Trinitaria, en 1838.

Se ha llegado a establecer que Josefa contaba con la total confianza del patricio, lo que se confirma con el hecho de que las reuniones se realizaban en su morada, con el riesgo que esto implicaba para ella y su familia, en tiempos del férreo control y la vigilancia del liderazgo político y militar a cargo de la ocupación haitiana en esta parte de la isla.

A Filomena Gómez de Cova, se le atribuye haber traído desde Venezuela, donde residía habitualmente con su segundo esposo, la flor conocida en su honor como La Filoria, un Jazmín Malabar que se convirtió en un símbolo de las jóvenes que al igual que ella, se incorporaron a la lucha por la independencia nacional.

Ana Valverde, una luchadora que se sacrificó al punto de no haber formado familia, porque se entregó de lleno primero, a la conquista de la independencia, y luego a las guerras restauradoras. Al proceder de una familia y un entorno acomodado, utilizaba sus contactos e influencia para recaudar dinero a favor de la gesta, además de que fabricaba municiones junto a las hermanas Duarte, entre otras damas.

Juana de la Merced Trinidad (Juana Saltitopa/La Coronela), activista y aguerrida militar que participó en la Batalla del 30 de Marzo de 1844, en Santiago, donde se reafirmó nuestra independencia ante la provocación de las tropas haitianas de recuperar el territorio perdido. Ella transportó municiones para el combate y agua para las tropas dominicanas.

Rosa Montás de Duvergé (Madame Bois), esposa del general Antonio Duvergé, a quien llegó a acompañar en algunas campañas militares en la región sur del país. Su historia no solo es el reflejo del nivel de compromiso con su patria y su compañero de vida, sino de entrega y sufrimiento, recordándose que el también llamado Centinela de la Frontera y su hijo Alcides fueron mandados a ejecutar en 1855 por órdenes del entonces presidente de la República, general Pedro Santana, por su férrea oposición a los planes de adhesión a España.

Como se aprecia, la mujer dominicana ha desempeñado roles estelares en la búsqueda de la libertad y el establecimiento de la democracia. Fueron damas que a pesar de provenir de una clase social privilegiada para la época, decidieron abandonar la tranquilidad del hogar para perfilarse como aguerridas, valientes, con una historia particular de sacrificio y entrega por el amor y el deseo aspiracional del establecimiento de su anhelada patria, varias de las cuales pasaron penurias de todo tipo en el ocaso de sus vidas y hasta la fecha permanecen prácticamente olvidadas en la cultura popular.

Lo que ha pasado con la omisión del legado de aquellas que todavía están en el anonimato, evidencia la necesidad de reescribir la historia de la participación de la mujer en los diferentes capítulos de la historia dominicana, para que ese proceso no se continúe diluyendo hasta caer en una especie de letargo que conduzca al olvido definitivo y al desconocimiento de las actuales y futuras generaciones, en las que deben estar cimentados los valores que dieron origen a las gestas patrióticas que nos han permitido continuar siendo libres e independientes, siendo esta frase célebre parte del ideario de nuestro patricio Juan Pablo Duarte y Díez.

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