“Bueno, pero no te enojes”, decía nuestro querido Chavo del 8. Y me lo dijo al teléfono una amiga cuando sintió en mi voz que comencé a enojarme en medio del tránsito malevo de la ciudad de Santo Domingo, a las 4 de la tarde de un viernes cualquiera.

—No es el tránsito en sí, es el agente de tránsito debajo del semáforo funcionando lo que me hace enojar.

El color verde asomaba por 3era. vez y no se veía la mínima intención del agente especial de darme paso. Por cierto, era el último semáforo que vería en la ciudad antes de tomar carretera y dejar atrás ese catalizador de estrés.

Una cosita más, había pasado todos los semáforos de la ciudad sin agentes y ninguno tenía retrasos. En este tampoco lo había hasta el instante de yo estar de primero esperando el siguiente verde y a dicho uniformado ocurrírsele la genial idea de hacerme enojar.

Bueno: ¿Tengo derecho a enojarme? Sí, sea por eso o por cualquier otra razón. Lo único es que quien sale dañado soy yo. Solo que puedo decidir por cuánto tiempo lo estaré. Debo encontrar un disparador que me haga entender que estoy enojado, como explico en mi libro de inteligencia emocional Migomismo. En ese instante, podemos decidir tomar el control.

Cuando recordé al Chavo del ocho, me di cuenta que era más importante mi tranquilidad que el tiempo que perdería.

—Pero es injusto que el uniformado haga eso.

Sí, pero más injusto es que mi familia me pierda por un ataque al corazón. O que quede lesionado para siempre y me prohíban comer los alimentos grasientos que tanto adoro.

El disparador me dijo: tranquilo. Colgué generosamente la llamada y busqué una alegre música de Juan Luis. Comencé a vociferar, no canto, y mi humor cambió. El tiempo de carretera mejoró gracias a mi actitud, gracias a decidir cuando percibí lo que convertí en un disparador.

¿Puedes tú hoy reconocer un disparador cuando una situación te haga enojar y así tomar el control?

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