Hace unos días el presidente Donald Trump hizo pública la desclasificación de una serie de documentos básicamente sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy (1963); y entre ellos, también, algunos referidos o que arrojan detalles sobre las motivaciones y ajusticiadores del sátrapa Trujillo y el asesinato de las hermanas Mirabal, que podrían obligar a reescribir esos capítulos de nuestra historia contemporánea. Mas sin embargo, y dado el festival de especulaciones e interpretaciones, algunas capciosas o sueltas, que circulan por las redes sociales referentes a esos documentos y aludidos, habría que recalcar o precisar que la historia, como todas las ciencias sociales, está sujeta a leyes y reconstrucción o re-interpretación a la luz de nuevos hallazgos, análisis y el uso de disciplinas auxiliares -heráldica, diplomática, paleografía, paleontología, epigrafía, arqueología, cronología, entre otras- que les ayudan a interpretar las posibles o probables fuentes históricas (documentos, fósiles, testimonios, fotografías, monedas, cartas, etcétera). Por tal razón, es de suma importancia que los historiadores, tentativamente, comiencen a edificar al ciudadano común ante esa avalancha de “afirmaciones” e “interpretaciones”, en mayoría especulaciones, que están circulando en las redes sociales sin ningún sustento o rigor científico-metodológico más que la lectura lineal de lo que se ha hecho de dominio público, pero que necesita ser analizado y sometido a la crítica histórica de fiabilidad y confiabilidad, pues no olvidemos que las fuentes históricas, en primera instancia, son solo fuentes -pistas- que pueden confirmarse o quedar como hipótesis que, luego, podrían ser confirmadas o rechazadas (además, toda documentación es fuente, a comprobación posterior, en tanto se extrae alguna información que, en el proceso de investigación, se pueda contrastar, rechazar o confirmar -solo si pasa o resiste ese cedazo, se convierte realmente en fuente).
Además, en todas fuentes, y más si de testimonios, subyacen aspectos subjetivos o de interés particular que podrían no responder a la verdad histórica sino a ciertos fines o intereses personales, grupales, políticos, ideológicos, económicos o hasta de sesgos preconcebidos; o, a propósito aviesos de tergiversación. De modo que esos documentos que ya son de dominio público no pueden leerse linealmente sin antes someterlos a prueba de fiabilidad y confiabilidad a la luz de las disciplinas auxiliares de la historia. Por supuesto, estas salvedades nuestras no las hacemos para negar ni confirmar nada, sino, solamente, para llamar la atención a los estudiosos -cientistas sociales- para que orienten a la ciudadanía, al respecto, ante de que el periódico de mayor lectoría -las redes sociales- no termine suplantando a historiadores y estudiosos, y haciendo “ciencia” con afirmaciones e interpretaciones de patio. O más probable, dándole categoría histórica o científica a lo que amerita investigación exhaustiva e interpretación, pero en manos de expertos o estudios en la materia.
En consecuencia o finalmente, hay que cuidar lo que se dice o afirma sobre personas y hechos históricos ocurridos, pues, en las ciencias sociales, no caben verdades absolutas…..(contrario, lo que sí hay que preservar es la duda). Esta última, no debe faltar. Por último, no olvidemos que el tema Trujillo, bibliográficamente, ha sido un negocio rentable y fuente inagotable de tergiversación histórica. Cuidémonos de eso, y examinemos cada documento -cartas, interrogatorios, declaraciones y confesiones- apegados al debido proceso de investigación científico-metodológico y objetividad al margen de pasiones y suposiciones alegres, que bien caben en redes sociales y francotiradores de reputaciones ajenas (y que Dios nos libre de defender a nadie así sean alcahuetes, esbirros o carniceros que acompañaron al “jefe” en su larga noche de terror, cuchillos y sangre.