Amenudo nos ilusionamos creyendo que el alto consumo de combustible y el gasto en diversión de los pudientes y la clase media alta es señal de lo bien que marcha el país. Craso error.

Una muestra inequívoca de la magnitud de una crisis económica, es la rapidez con que la clase media consume sus ingresos. La masiva concurrencia a restaurantes y la compra excesiva de artículos innecesarios, no son siempre señales de abundancia sino de temor muchas veces a lo que habrá de suceder mañana con el dinero.

En tiempos de bonanza y confianza en el porvenir, la gente por lo general ahorra, planifica para el futuro, siembra para cosechar; actúa con los ojos puestos más allá de un presente inmediato. Cuando la moneda no vale y el público desconfía de ella o no cree en la factibilidad de lo que se está haciendo, gasta sus ingresos y se endeuda por encima de sus posibilidades. Es lo que hemos estado viendo desde hace ya algún tiempo.

El alza del costo de la vida ha pulverizado las perspectivas de la clase media y de los sectores de ingresos fijos. El hecho es que ella carece de alternativas. No tiene posibilidades de que un freno en sus gastos aporte ahorros sustanciales y haga más rentables sus ingresos. Cada día ascienden los precios de los artículos de consumo. Las empresas advierten en sus cotizaciones que tal presupuesto es válido sólo por un escaso número de días. Todo el mundo teme que si no toma la decisión de un gasto de inmediato, la dilación implicará un alza inexorable en su costo. De modo que a gastar, porque incluso el ahorro carece de atractivo en vista de que la inflación se lo tragará finalmente.

La gente ha llegado a convencerse de que lo que hoy le cuesta cien pesos, mañana podrá valer ciento veinticinco y lo adquiere sin pérdida de tiempo. Por eso acude periódicamente a los restaurantes, adquiere vehículos, compra zapatos caros y viaja al exterior, todavía que puede.

Posted in La columna de Miguel Guerrero, Opiniones

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