El miércoles pasado el mundo ha estado en vilo, pendiente del anuncio de Donald Trump sobre el nuevo (des) orden económico mundial. Como ya lo había advertido, ese día cambiaría la relación comercial de los Estados Unidos con los demás países del globo.

A juicio del presidente norteamericano a los Estados Unidos sus socios comerciales los han engañado durante más de cincuenta años y ese estado de cosas no debería suceder en adelante.

En palabras mucho más llanas, a partir de esta semana el orden económico mundial sustentado en el libre comercio llegaba a su fin. Como sabemos desde los años 90 del pasado siglo, y específicamente a partir de 1990 con el denominado Consenso de Washington suscrito por Ronald Reagan y Margaret Thatcher se impuso un modelo económico basado en el liberalismo, lo que condujo a la firma de numerosos tratados de libre comercio, como el suscrito entre los Estados Unidos, Canadá y México o el acordado entre Centroamérica, República Dominicana y los Estados Unidos.

Gracias al libre comercio llegaron al país las empresas de zonas francas, que con el uso de una mano de obra barata fabricaban y fabrican productos terminados para el mercado de los Estados Unidos, al cual ingresaban e ingresan libre de aranceles; pero este libre comercio que ayudó a los países del tercer mundo, como el nuestro, a combatir el desempleo, a cambio de pagar magros salarios, terminó perjudicando la economía norteamericana, pues sus fábricas comenzaron a desplazarse hacia la periferia, Centroamérica y El Caribe, así como el Sudeste Asiático con el resultado inevitable de que miles y miles de trabajadores norteamericanos quedaron sin empleo.

Trump en su campaña prometió revertir esa situación y desde el día de su juramentación ha comenzado a adoptar medidas para lograrlo. Es en el orden de esa política que hace ya varias semanas anunció la aplicación de un arancel del 10% para todo el aluminio y el acero que se importa a los Estados Unidos; la decisión, luego postergada, de aplicar un arancel del 25% a todos los productos importados de México y Canadá; y la promesa de gravar con igual tarifa a todos los vehículos y piezas importados.

Este miércoles, en un acto solemne celebrado en los jardines de la Casa Blanca y ante su gabinete ha anunciado formalmente la aplicación de un arancel del 25% para todos los vehículos importados, sea cual fuese su procedencia, así como la imposición de un arancel universal mínimo del 10% para todos los productos que lleguen a los Estados Unidos.

Adicionalmente ha firmado decretos para imponer aranceles de un 34% para todos los productos importados de China; 20% para los de la Unión Europea; 46% para los de Vietnam; 34% para los de Taiwán; 24% por ciento para los del Japón; y 26% para los de la India, así como otras tarifas menores para varios países más.

Es obvio que con estas decisiones Trump ha cambiado de golpe y porrazo el orden económico nacido de los acuerdos de Breton Woods hacia el final de la II Guerra Mundial. Con los decretos que ha firmado se cierra las puertas al libre comercio internacional y se inicia una era que, al decir de los estudiosos de la economía desencadena una escalada proteccionista más acusada de la que contribuyó a agravar la gran depresión de la década de 1930.

Ahora bien, a juicio de los expertos los objetivos perseguidos por Trump con esta política no son del todo compatibles entre sí. En efecto, por un lado, con sus aranceles Trump espera recaudar cifras impresionantes y, al mismo tiempo, evitar las subidas de los precios. Pero para que los aranceles incentiven la sustitución de importaciones los precios tienen que subir, y si la producción nacional se dispara y decaen las importaciones, entonces no habrá grandes cantidades a recaudar.

Por el momento, los reiterados anuncios de Trump han hecho perder impulso a la economía norteamericana. Las perspectivas de crecimiento se han deteriorado, el riesgo de una recesión ha aumentado y las expectativas de una inflación se ha disparado, lo que ha retardado el anuncio de la Reserva Federal de reducir las tasas de interés.

Mientras tanto, en la misma tarde del miércoles los mercados a futuro cerraron a la baja y los economistas prevén una desaceleración del crecimiento global, una posible recesión en los países afectados por altos aranceles y un eventual estancamiento en la Unión Europea.

La guerra comercial ha comenzado y tendrá implicaciones geopolíticas, no solo porque Trump utilice los aranceles para lograr objetivos de su política exterior, sino también porque con ellos ha generado desconfianza en sus tradicionales aliados, tal como lo manifestó en una alocución reciente el primer ministro de Canadá, quien no dudó en afirmar: “la antigua relación que teníamos con los Estados Unidos, basada en la integración cada vez mayor de nuestras economías y en una estrecha cooperación en materia de seguridad y militar ha terminado”.

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