Entre los artefactos más mortíferos y dañinos, por las secuelas irreversibles en los seres humanos, figuran las minas antipersonales, que explotan y matan en el acto o mutilan a las personas que las pisan.
La convención para prohibirlas, conocida como Tratado de Ottawa, firmada en marzo de 1969, contó con la adhesión de más de 160 países y permitió destruir más de 40 millones de minas.
Según un informe del Observatorio de Minas Antipersonales de noviembre de 2023, (no hay datos más recientes) esos aparatos y restos de explosivos mataron o hirieron en 50 países a 5,757 personas ese año, de las que el 84 % son civiles.
Hoy, 4 de abril, cuando se celebra el Día Internacional para la Sensibilización Contra las Minas Antipersonal, establecido por la ONU el 8 de diciembre de 2005, conviene retomar ese tema porque, lejos de avanzar hacia su eliminación definitiva, la irracionalidad vuelve a imponerse: recientemente Finlandia, con el argumento de que debe custodiar su extensa frontera con Rusia, en un creciente proceso europeo de rearme, anunció su retiro del Tratado de Ottawa, lo que también han hecho Polonia y países bálticos como Letonia, Lituania y Estonia, que aumentan significativamente sus presupuestos militares para comprar, fabricar e instalar estos artefactos.
El objetivo de esta fecha es crear conciencia del peligro de las minas antipersonales para la seguridad y para la integridad de las personas, sobre sus terribles consecuencias y la necesidad de ayudar a las víctimas, que generalmente pierden ambas piernas y a veces necesitan complejas cirugías.
Países de África como Angola, algunas naciones árabes y otras zonas viven el contrasentido de que personas nacidas en territorios en paz, sufren las consecuencias de las explosiones de estos aparatos instalados en guerras que finalizaron hace décadas.
Los campos minados no se pueden cultivar, porque las minas permanecen enterradas durante mucho tiempo y causan muertes y amputaciones a personas comunes que nada tienen que ver con las guerras que originaron su colocación.
Las grandes potencias, con sus discursos belicistas y un inaceptable supremacismo que promueve los conflictos armados, parece que no aprendieron nada de las no tan lejanas conflagraciones mundiales que ensangrentaron el planeta y sembraron millones de cadáveres en Europa, Asia y África, y en lugar de trabajar por la paz, prefieren encaminarse hacia la guerra.