La necesidad de una convivencia social, de ciudadanos que coexistan de manera pacífica, es imperativo de estos tiempos, particularmente en un país como el nuestro que goza de lo que no tienen muchos otros en la región: estabilidad político-institucional, un sostenido desarrollo económico y paz social.
Precisamente, esa paz social los dominicanos debiéramos preservarla, así como el buen funcionamiento de las instituciones del régimen democrático.
Por tanto, preocupa el lenguaje levantisco de algunos, que incita y anima a la confrontación y a la violencia, y las acciones aisladas de otros que alteran el orden público.
De repente parece aparecer quien pretenda enrarecer el ambiente y el clima de estabilidad y paz social de que disfrutamos.
Lo peligroso sería que se genere una escalada que no traería ninguna solución a ningún problema, y que solo serviría para deteriorar la imagen que transmite al mundo la República Dominicana.
De ahí que no puede ignorarse la advertencia del Gobierno la noche del domingo luego de los incidentes en el Hoyo de Friusa, en la zona este del país: “No permitiremos que causas legítimas se usen como pretexto para alterar el clima de inversión, la generación de empleos y la paz social”, en alusión a grupos dispersados por las fuerzas del orden al no respetar los límites establecidos para una manifestación.
Ojalá este tipo de escarceos no se prolongue en el tiempo y ojalá también se levanten voces críticas que cuestionen la violencia que promueven unos pocos, en desmedro de la seguridad de la mayoría de la población.
No pretendemos que se limite el derecho a la protesta, solamente que quienes lo ejercen actúen con mesura, respeten los límites establecidos por las autoridades y no se presten a los manejos espurios de los que puedan tener agendas contrarias a los intereses nacionales.
Albergamos la esperanza de que este rumbo se enderece a tiempo, para que ninguna actividad futura se salde con pérdidas de vidas, y para que se preserve la paz social que tanto ensalzamos, que es la que atrae inversiones del extranjero, a turistas, a empresas que se radican con sus capitales y que generan puestos de trabajo.
Si creemos en nuestras instituciones, si creemos en la democracia, debemos asumir como una obligación cuidar esa paz social, atesorarla, que equivale a cuidar el país y a fomentar un clima de trabajo y progreso.