Diego Sosa
Diego Sosa
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Adoro y odio los cambios. No lo hago al mismo tiempo. Algunas cosas adoro cambiarlas, y otras adoro dejarlas igual… lo que es odiar que cambie.

He sido un agente de cambio desde que hace más de 35 años me tocó hacer mi primera mudanza sobre el Atlántico… a la que le siguieron otras siete. Aprendí primero a lidiar con los cambios y pronto supe que en ocasiones me tocaba generarlos.

Mi problema viene con la teoría de que hay que cambiar por obligación. Si resido en una vivienda que me siento más que bien, ¿por qué debo cambiarla? Para muchos mudarse significaría progreso. En algunos casos queremos solo mostrar el progreso y con ello conseguir reconocimiento de otros. ¿Lo malo? Muchas veces nos toca empeñar parte de nuestro ingreso de los próximos veinte años con un préstamo que apenas podemos pagar la cuota.

En la vida hay algo que hemos definido como zona de confort. A mí me encanta vivir en ella. Trabajé sistemáticamente para construirla, pero antes la había definido como el lugar donde quería vivir. ¿Es malo quedarse en esa zona alcanzada? Para mí no. Lo malo sería no ampliarla. Ahí está la clave.

¿Quieres cambiar de posición o de trabajo? No hay que hacerlo por hacerlo, sino por estar mejor. Debemos definir para cada uno qué es estar mejor. Tanto en lo financiero, como en lo emocional y todos los aspectos de nuestra buena vida.

Los peligros de cambiar siempre están, por lo que muchos prefieren quedarse en una zona de confort que se va añejando, puede llegar al punto de ser una “zona de conformidad”. De esa sí debemos salir.

El cambio forzado llega cuando no ampliamos nuestra zona de confort. Solo necesitamos aprender para ampliarla. Circundando la zona de confort está la zona de aprendizaje. Lo que no pasa con la de conformidad, que a su alrededor tiene un pozo profundo lleno de cocodrilos hambrientos.

¿Qué aprenderás hoy para poder ampliar tu zona de confort? Hazte mañana la misma pregunta.

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