En República Dominicana existe un estado general de respeto a la libertad de prensa y de expresión. Es algo indiscutible. Habría mezquindad en no reconocerlo. Pero hay un aspecto que se obvia o se esquiva al momento de hablar de libertad de expresión, y es la autocensura. No son pocos los que callan o se amilanan y no defienden lo que creen, por temor a los que descalifican y hasta lapidan al que disiente o piensa diferente. Es de alto riesgo para la democracia la tendencia a “acribillar” al que emita juicios que vayan contra la corriente o que no sean complacientes con el poder. Apena que la autocensura gane espacio, porque el miedo a hablar está escrito en las páginas más negativas de la historia de la humanidad.