Seducido por la ruleta, el escritor capaz de penetrar a lo profundo del alma humana, ganaba y perdía grandes sumas
Fiódor lo había perdido todo.
La ruleta lo sedujo, le levantaba las faldas numéricas, le tiraba los brassiers en los salones, corría, gritaba a través de los anuncios del “croupier” que recolectaba las fichas y volvía a dar vuelta y más vuelta, en una vorágine que él nunca entendió.
El coqueteo era tan grande que lo ponía a ganar y él enloquecía de júbilo como si la chica del balcón le pitara y lo invitara a subir a su alcoba.
Ganaba con el rojo, con el cero, con el 13 y se convertía en el hombre más rico de Saint Petersburg y cuando apostaba, de manera caprichosa… siempre es capricho el juego del azar, sentía que estaba por encima de los sabios, de los filósofos, del jefe supremo de la Iglesia Ortodoxa. Más poderoso que el mismo Zar Nicolás junto a su pandilla, el séquito de inútiles adulones y bufones.
La señorita Fortuna bailaba, mostraba sus medias de malla a medio muslo enganchadas de sus blúmens, giraba su paseo sobre sus piecitos, empinada y apoyada en la punta de sus dedos y él la seguía con sus ojos rojo vodka, que lo hacía colocar sus fichas, todas, en la casilla fatal. Se apagaban las luces, el croupier recogía todas las monedas de apuesta, le guiñaba un ojo, burlona y sarcásticamente, al tiempo que repetía su estribillo triunfal “la casa gana y se ríe, el público pierde y se va”, que él invertía a propósito como para acentuar su insolencia.
Pero el jugador perdía todo su tesoro, menos la paciencia, que le sirvió para no ensangrentar la mesa.
El pelo de puesta de Sol acompañó a Dotoyevski a medianoche a su casa y ahora sí le pesaba la paciencia y el vodka más que el recuerdo de la bolita saltando por los huecos cuadrados de los números hasta posarse en el que fue su verdugo: el 13.
La llave entró como si al interior del hueco de la cerradura hubiese un imán que la halara. La giró a la derecha dos veces y empujó la puerta. El el suelo, como alfombra minúscula de bienvenida, lo esperaba una nota. La voz de papel le decía “acuérdate de lo que me debes”…una voz grave y con la misma entonación amenazante de Stellovski quien le daba 26 días para saldar su deuda o perder todos los derechos de sus libros que él, en el vértigo de la ruleta, había perdido.
-El primero de noviembre debes entregarme la novela lista- terminaba la amenazante nota que yacía de nuevo en el piso.
El día siguiente, Fiódor abrió la puerta, la luz atravesaba con más filo que los cuchillos de hielo que rodeaban el borde del techo. La nieve caía sin prisa, el gris del cielo se salpicaba de cuervos que gritaban, con voz más gris que el cielo, en cadencia, como para anunciar la presencia de un animal muerto e invitar al festín.
Dotoyesvski fue directo a la calesa que lo llevó donde Anna Grigórievna.
-Tengo el libro completo en la cabeza, pero no tengo tiempo para escribirlo- le confesó.
Ella se ofreció a escribir su narración dictada a la velocidad en que él revivía su propia experiencia como jugador.
Es así como él se transforma en Aleksei Ivanovich, el asistente del General Zagorianski, quien lo había perdido todo en la ruleta y que esperaba desesperadamente la muerte de su tía Antonida Vasílievna quien le podría salvar, con su herencia, o permitirle continuar con saciar su adicción interminable. Pero no, la “baboulinka“ (abuela) como le decían, se le aparece a Roulettenbourg, que no era más que la ciudad alemana de Wiesbaden, donde Fiódor perdió todo en el juego.
Todos creían que podían “ganar fortuna sin necesidad de trabajar”.
“Los que habían conseguido abrirse paso hasta las mesas se mantenían, como de costumbre, tenazmente en sus sitios, sin cederlos, hasta que perdían todo, pues no se permite quedarse allí como simple espectador y ocupar su puesto”.
“…Al acercarme a la puerta, oí la voz impertinente y mordaz de Des Grieux, los gritos ofensivamente descarados y furiosos de mademoiselle Blanche y el tono lastimoso del general, quien, evidentemente, pretendía justificarse de algo. Al verme llegar, todos parecieron contenerse y moderarse. Des Grieux arregló su peinado y mudó su expresión de enojo por una sonrisa, esa sonrisa francesa, mezquina, oficialmente cortés, que yo tanto aborrezco…”
Antes de terminar “El Jugador” en 1866 ya tenía 10 libros escritos desde que tenía 25 años en 1846. Había pasado por el susto de su vida, el simulacro de fusilamiento cuando lo acusaban de conspirador y ateo. Purgó su condena de cinco años en el clima plutónico de Siberia.
Su obra cumbre, no hay duda, es “Los Hermanos Karamazov”.
La genialidad de Dostoievski tiene que ver, además, con su transito por el desierto de los extensos campos sembrados con la mejor letra en los surcos de Gogol, Pushkin, Balzac, Cervantes, Kant, Hegel, de la misma forma fue la cosecha que continuó con Chejov, Nietzsche, Freud… que pudieron recolectarla antes del invierno.
“El Jugador” transmite la misma sensación de incertidumbre, angustia, ansiedad que los protagonistas del juego, seguros, segurísimos que van a perder y pierden, pero “…la casa gana y se ríe…”
El factor principal para inclinarse en la oscuridad ludotópica es la ignorancia, la avaricia y la baja autoestima de quien quiere ser rico inmediatamente. Hay quienes creen que el juego es la única forma de salir de la pobreza cuando se ha comprobado que esa tarea solo la cumple el trabajo honesto, ¿noverdá Pedro?
En Rusia existen cuatro zonas de juego, en el culo el mundo… por Siberia. En Cuba, Fidel prohibió todo juego pa’ echarle vaina a los casinos mafiosos aunque hoy se juegue, clandestinamente a la bolita. Bosch iba por ese mismo camino y su nieta se lo recordó al PLD cuando quisieron poner su foto en unos billetes de lotería, que al final tuvieron que retirar.
¡Mañana, mañana todo habrá terminado!