Por: Ann Mercedes
La adaptación urbana de “Romeo y Julieta” bajo el título “A la Garata, Romeo y Julieta” no solo trae una versión moderna de la obra de Shakespeare, sino que hace una denuncia social directa, trasladando el drama de los amantes trágicos a los barrios más marginados de la República Dominicana.
Concebida originalmente por Albania Peña y dirigida por ella junto a Francisco Vacu, con guion de Isen Ravelo, esta propuesta reinterpreta las tensiones familiares y el amor imposible dentro de un contexto donde las luchas de poder, el machismo y la desigualdad social son los verdaderos villanos.
Lejos del clásico castillo de Verona, la escenografía de la obra nos sumerge en las calles, en el caos de las fiestas clandestinas y las peleas callejeras. El ambiente urbano, donde se pelean por controlar el territorio, se convierte en un personaje más de la trama, añadiendo peso a las luchas internas de los personajes.
Los Montesco y los Capuleto, que en la obra original luchan por el amor, aquí se enfrentan por el dominio del barrio, creando un círculo de violencia que culmina en el fatídico destino de los protagonistas y todos los involucrados en esta puesta.
La iluminación es otro de los elementos clave, con luces intermitentes y colores vibrantes que refuerzan la sensación de caos y desesperación que viven los personajes. El vestuario, con ropa de calle, gorras y pasamontañas, nos transporta a un ambiente de lucha constante, donde la vida parece pendular entre el amor y la violencia.
Uno de los aspectos más arriesgados pero acertados es la música de Pol Craker, que fusiona reggaetón, dembow y otros géneros urbanos para crear una atmósfera cargada de emociones.
La música no es solo un acompañamiento, sino una herramienta que intensifica los momentos clave de la obra, sumergiendo al público en una experiencia sensorial que va a la par con la acción en el escenario. La dirección escénica de “A la Garata, Romeo y Julieta” fue impecable.
Albania Peña y Francisco Vacu lograron equilibrar la crudeza de la historia con recursos estilísticos contemporáneos, creando un ambiente visceral y moderno.
Un punto destacado fue el trabajo de Nini, encargado de la coreografía, que aportó precisión y limpieza a los movimientos. Las coreografías fueron ejecutadas con claridad, permitiendo que cada escena de acción tuviera fluidez y estética, facilitando la conexión emocional del público con la historia. Los movimientos no solo complementaron la narrativa, sino que la potenciaron, dándole dinamismo a la obra y enriqueciéndola visualmente.
El elenco fue sobresaliente en su mayoría. Marcos Grullón, como Teobaldo, destacó por su dominio en el escenario, su presencia fue muy poderosa y la intensidad de su interpretación añadieron peso a cada conflicto. Madison Díaz, quien interpretó a Julieta, ofreció una actuación profunda, mostrando la vulnerabilidad de un personaje atrapado en el abandono, el amor y la violencia que la rodea.
Saac Núñez Medrano, en el papel de Romeo, logró plasmar la dualidad de su personaje: un joven marcado por la violencia del entorno, atrapado entre la vida delictiva y el deseo de amar.
Su interpretación reflejó tanto la intensidad de un amor arrebatado como la impotencia de alguien que lucha contra un destino que parece escrito en las calles. La química entre Díaz y Nuñez fue palpable y su historia de amor, lejos de la idealización romántica de la obra original, dejó una marca en el público.
Un giro curioso fue la interpretación de Luis Santanmoret como Benvolio. Su trabajo vocal sorprendió a la audiencia: al principio, su voz casi no se escuchaba, pero cuando finalmente hablaba, su tono provocaba risas espontáneas.
Esta ruptura con la tensión dramática fue inesperada, y aunque en algunos momentos alteró el ritmo, añadió un toque de comicidad que permitió respirar entre los momentos más intensos, dándole al personaje una cualidad especial.
El elenco también incluyó a Iyidra Valera (Lucía), Jacobo Carrasco (Baltazar) y Calizán (Rubirosa), quienes supieron transmitir no solo la violencia palpable de sus personajes, sino también la complejidad social y emocional que enfrenta cada uno en este escenario urbano.
Madisón Díaz y Marcos Grullón
Aunque sus papeles fueran secundarios, su presencia aportó al mensaje de crítica social que subyace en la obra, destacando cómo las luchas de poder y el machismo se entrelazan con la violencia que domina las calles.
Esta adaptación de Isen Ravelo, basada en una idea original concebida por Albania Peña, se aleja de la estructura tradicional de Shakespeare, poniendo el foco en los problemas sociales que afectan a las comunidades más vulnerables.
La obra muestra cómo la violencia, la pobreza y las barreras sociales son los verdaderos enemigos que atraviesan el amor entre Romeo y Julieta, los cuales no solo deben enfrentarse al odio familiar, sino también a un sistema que los oprime desde sus bases.
Las tensiones de género, la lucha por la supervivencia y las disputas territoriales se entrelazan, formando una obra que habla no solo de la tragedia de dos jóvenes, sino de un sistema social que condena a muchos desde el principio.
En conclusión, “A la Garata, Romeo y Julieta” es una propuesta audaz que va más allá de ser una simple adaptación de un clásico. Es una denuncia, una reflexión sobre la desigualdad social, el machismo y las luchas de poder en los barrios más vulnerables.
A pesar de algunos momentos en que la comedia involuntaria de algunos personajes alteró el tono dramático, la obra logra ser un recordatorio contundente de que las historias de amor y violencia siempre están conectadas a las realidades sociales que las engendran.
Sin duda, esta producción nos deja con una pregunta clave: ¿hasta cuándo la violencia y la desigualdad seguirán marcando el destino de quienes, como Romeo y Julieta, solo quieren una oportunidad para amar y vivir en paz?