Introducción
Sobre pobres y pobreza se puede hacer múltiples reflexiones desde diferentes ciencias o puntos de vista.
Hoy quiero fijarme en unas normas que hacen parte del Código de leyes que entregó Moisés al pueblo de Israel, como parte de la vida de ese pueblo y de la Alianza hecha con Dios. Hacen parte, asimismo, del Código más general, llamado Diez Mandamientos o Decálogo. Históricamente, estas normas tienen unos 3,300 años de establecidas y están contenidas en el libro del Deuteronomio capítulo 15, 1-11.

Son ciertamente normas jurídicas prácticas y concretas que se pueden dar en cualquier legislación del mundo. Pero en el libro bíblico tienen una clara referencia a Dios: son dadas por el legislador Moisés, pero su referencia última es el legislador divino, es ley humano-divina o divino-humana, dependiendo del ángulo que se quiera acentuar.

Se dirigen, en primer lugar y sin lugar a dudas, al pueblo israelí y de ahí su influencia pasa, a través del cristianismo, a todos los pueblos que han recibido el mensaje de Cristo.

Se puede decir que el espíritu de las normas, a las que me voy a referir, está profundamente arraigado en la cultura de todos los pueblos latinoamericanos y salen a flote explícitamente en sus exigencias y reivindicaciones sociales, aunque no siempre se hayan explicitado en sus legislaciones propias o en una práctica generalizada.

1-El año del perdón de las deudas
“Cada siete años perdonarás lo que otros te deban. En esto consiste esta remisión o perdón: Toda persona que haya prestado algo a su prójimo, le perdonará lo que le haya prestado. Ya no deberá exigir a su prójimo o a su compatriota que le pague, porque será proclamado el año del perdón de deudas en honor del Señor. Al extranjero le podrás exigir que te pague el préstamo que le hiciste, pero a tu compatriota deberás perdonarle lo que haya recibido de ti” (Dt. 15, 1-3).

Es una norma, que en un sistema capitalista o neo liberal, marcado por el pago de intereses en los préstamos y del pago de la deuda total hasta el último centavo, llama poderosamente la atención y recibe fácilmente un rechazo rápido y espontáneo.

El objetivo e intención del legislador, sin embargo, no es hacer a los ricos más pobres ni a estos ricos, sino establecer una praxis que regule el desarrollo y la evolución de la sociedad en la justicia y la solidaridad. Se busca, en el fondo, impedir que el rico se haga más rico y el pobre más pobre, acortar la brecha o el abismo creciente entre pobres y ricos, con todas las consecuencias negativas familiares y sociales, que esto acarrea. Se busca la acumulación inútil y desigual de bienes.

Notemos, de paso, que el término hebreo “extranjero” (versículo tres) no designa aquí al extranjero que reside en alguna de las ciudades de Israel, sino al que está de pasada y no se ha integrado a la comunidad.

Se trata con esta norma de acentuar que un pueblo, ante todo, es una comunidad donde todos son hermanos, donde ha de reinar el mandato de “amar al prójimo como a ti mismo”. Por lo tanto, en un pueblo donde domina la desigualdad, donde unos viven “muy bien” económicamente” y otros “muy mal” no está reinando la fraternidad. Según el espíritu bíblico, hecho ya cultura en nuestros pueblos, aunque no se le llame bíblico ni cristiano, es una situación que está llamada a cambiarse, a evolucionar de mal a mejor.

De una u otra manera “el perdón” o “condonación” de las deudas, con leyes o sin ellas, se dará.
Hablamos aquí de “las deudas internas” de un país. ¿Y qué decir de las deudas externas?

Tal vez, en nuestros días se entienda mejor la norma mosaica de “cada siete años perdonarás a otros lo que te deban” en el contexto internacional: “la con donación de las deudas de cada país” es un clamor que surge desde todos los ángulos. Recordemos que el venerado Papa Juan Pablo II impulsó proyectos de “condonación de las deudas de los países pobres”, a finales del segundo milenio.

El panorama actual nos muestra, indiscutible mente, que los países pobres se hacen cada día más pobres y los ricos cada vez más ricos; que las deudas hacen parte de este empobrecimiento creciente; que los intereses anuales a pagar ahogan los presupuestos nacionales y obligan a “reajustes” para aumentar los impuestos internos; que la creciente ola emigratoria de nuestra gente hacia sus territorios no es ajena a dichas deudas.

A decir verdad, el pago de todas nuestras deudas a los países más ricos no los haría a ellos más ricos; ni la condonación de las mismas los haría más pobres. A nosotros si que nos haría mucho bien y, a ellos también, porque la miseria y la pobreza colectiva extrema son siempre una amenaza social, local e internacional.

Se puede prever, sin tener demasiado espíritu profético, que, más tarde o más temprano, por sentido de “fraternidad universal” o porque “no hay más remedio”, también las deudas internacionales tendrán “su año de perdón”. Baste mostrar para ello las condonaciones hechas en los comienzos de este milenio a varios de los países más pobres del mundo.

2-No habrá pobres entre ustedes
“De esta manera no habrá pobres entre ustedes porque el Señor tu Dios te otorgará su bendición en el país que él te da en herencia para que la poseas, pero sólo si escuchas de verdad la voz del Señor tu Dios cuidando de poner en práctica todos estos mandamientos que yo te prescribo hoy” (Dt. 15, 4-5).

La preocupación por los pobres es tan actual y tan vieja. No pasa de moda. Una mirada a nuestras raíces bíblicas nos da luces sobre esta materia en los tiempos actuales.

Porque la preocupación por los pobres, representados típicamente en la Biblia y en el mundo antiguo en las personas del huérfano, la viuda y el inmigrante, es un rasgo característico de la legislación veterotestamentaria: “No maltrates ni oprimas al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto”.

“No maltrates a las viudas ni a los huérfanos porque si los maltratas y ellos me piden ayuda, yo iré en su ayuda, y con gran furia, a golpe de espada, les quitaré a ustedes la vida. Entonces quienes se quedarán viudas y huérfanos serán las mujeres y los hijos de ustedes”.

“Si le prestas dinero a alguna persona pobre de mi pueblo que viva contigo, no te portes con ella como un prestamista, ni le cobres intereses. Si esa persona te da su ropa como garantía del préstamo, devuélvesela al ponerse el sol porque esa ropa es lo único que tiene para protegerse del frío” (Éxodo 22, 21-27).

Esta misma preocupación se manifiesta, igualmente, en otra serie de prescripciones como las siguientes:
–La liberación de esclavos:
“Si alguno de tus compatriotas hebreos, sea hombre o mujer, se vende a ti como esclavo, solo te servirá seis años; al séptimo año lo dejarás en libertad. Y cuando lo despidas, no lo dejarás ir con las manos vacías, sino que le darás animales de tu rebaño y mucho trigo y vino; es decir, compartirás con él los bienes que el Señor tu Dios te haya dado. No olvides que también tú fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te dio libertad. Por eso ahora te doy esa orden” (Dt. 15, 12-18).

–El pago a los jornaleros:
“No exploten al que se halle en la miseria, ni le retengan su paga, ya sea que se trata de un compatriota de ustedes o de un extranjero que habite en alguna de sus ciudades. Páguenle su jornal el mismo día, antes de ponerse el sol, porque es pobre y necesita ese dinero para poder vivir. De otra manera clamará contra uste des al Señor, y ustedes serán culpables de pecado” (Dt. 24, 14-15).

Esta prescripción encuentra una resonancia muy fuerte en la Carta de Santiago 5, 4: “El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor Todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores”.

–La generosidad que va más allá de la justicia:
“Si hay algún pobre entre tus compatriotas en alguna de las ciudades del país que el Señor tu Dios te da, no seas inhumano ni le niegues tu ayuda a tu compatriota necesitado; al contrario, sé generoso con él y préstale lo que necesite” (Dt. 15, 7-10).

3-Nunca faltarán los pobres
Jesús mismo ratificó que nunca faltarán los pobres, cuando una mujer lavó sus pies con un perfume carísimo y la criticaron por ello. Dijo, entonces: “¿Por qué molestan a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. Pues a los pobres los tendrán siempre entre ustedes, pero a mí no siempre me van a tener. Lo que ha hecho esta mujer, al derramar el perfume sobre mi cuerpo, es prepararme para mi entierro” (Mateo 26, 10-12).

Ciertamente “siempre habrá pobres”, “nunca dejará de haber necesitados”, sin embargo, aunque parezca una contradicción “no habrá pobres entre ustedes”, porque “yo te mando, dice el Señor Dios, que seas generoso con aquellos compatriotas que sufren pobreza y miseria en tu país” (Dt. 15, 11).

Conclusión

CERTIFICO que las viejas normas bíblicas sobre los pobres están vivas en el espíritu y cultura de los pueblos latinoamericanos y cobran actualidad para inspirar soluciones modernas a los problemas de ayer y de hoy.

DOY FE en Santiago de los Caballeros a los tres (3) días del mes de marzo del año del Señor dos mil veinticinco (2025).

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